Hemos tenido un mal día en el trabajo, entramos en casa y lo encontramos todo patas arriba: el suelo lleno de juguetes mientras nuestro hijo juega con el mando a distancia. No ha hecho ninguna de las tareas que le habíamos asignado y, entonces, nuestro mal humor estalla de manera desmesurada.
¿Cómo podemos evitar herir al niño con nuestras palabras? ¿Puedo convertir el mal humor en un discurso instructivo?
En la relación con nuestros hijos utilizamos palabras positivas y enriquecedoras pero también somos capaces de usar las más negativas y desagradables que conocemos.
El enfado, la ira o la furia son emociones que todos sentimos alguna vez y que no nos descalifican como padres, pero podemos y debemos aprender a expresarlas sin dañar a nuestros hijos con las palabras.
Las situaciones de conflicto con nuestros hijos pueden desencadenar en nosotros una respuesta emocional desmesurada. Los gritos, las acusaciones, las ofensas lanzadas sobre nuestros hijos no sólo no corrigen ni, por supuesto, educan, sino que nos dañan a nosotros y a los niños.
Las palabras en los momentos de crisis deben ser medidas y pensadas con cuidado. A menudo es mejor callar y esperar antes de reaccionar. Es lícito y normal sentir la ira o el enfado, pero sin que nos arrastren o dominen.
Pedir perdón o reconocer que nos hemos equivocado es una buena manera de restablecer la comunicación y de cicatrizar las heridas si, a pesar de todo, hemos dañado a nuestro hijo con las palabras.
Mejorar en el uso de las palabras en las crisis cotidianas nos ayuda a ser capaces de amar a nuestros hijos aceptándoles tal como son pero rechazando sus acciones negativas, en definitiva, educando con amor y rigor.